Doshas y Danaerys

Hoy fui a mi práctica de yoga temprano. Supuse que sería una clase liviana, con poca gente (es comienzo de año) y guiaría una instructora de un estilo tranquilo, así que me propuse hacer un experimento y sacar conscientemente a pasear a mis doshas. Uy… tal vez valga la pena explicar por encima qué son los doshas.

Resulta que en la medicina ayurvédica hay una categorización de los biotipos, temperamentos o principios metabólicos, que los divide en tres: Vata, Pitta y Kapha. Cada persona tiene como prevalente uno (muy poco común) o dos (lo más habitual) de esos doshas y eso se manifiesta en características físicas y psicológicas y hasta en el tipo de asanas para el que tiene predisposición natural. Hasta acá la explicación, porque yo quería hablar de mi práctica y no dar un seminario -cosa que tampoco podría-.

Como había sitio nos pusimos yo y Vata-Pitta (mi combo personal) en primera fila, lejos de la ventana, porque el sol no se nos da bien. A Kapha lo esperábamos más tarde -así es él, se toma su tiempo-, igual participa poco.

La idea era ejecutar las asanas accionando desde el dosha al que le va mejor y ver si encontrábamos una diferencia que sume. Ya comencé: como si no bastara respirar ujjagi, sonreír, bloquear los bandhas, activar cada músculo del cuerpo y concentrarte en un drishti yo quería encontrar una diferencia que sume. Ok, típico de mi dosha dominante es complicarse; en fin.

Con los saludos al sol no hay drama, son aptos para todos los doshas, el consejo es realizarlos con una velocidad que compense la propensión natural de tu dominante. Así, para Vata, convienen los movimientos lentos. Otra vez me estoy poniendo académico, perdón.

¡Llegamos a una asana de torsión! ¡Esa se le da bien a mi dominante! Antes de saber nada de doshas, cuando comencé en el yoga, ya había notado que las únicas asanas que no me hacían pasar vergüenza eran las de torsión y algunas de flexión. Entonces dejé que Vata tome el mando y se gane un Óscar a la mejor torsión, cosa que igual no pasó porque una bailarina profesional estaba en la práctica. Mala suerte, para otra vez será… Igual mi autoestima está entrenada para estos sucesos.

¡Listo! ¡Ahora toca una asana de fuerza! ¡Ese es el dominio de Pitta! ¡Que pase el desgraciad… no… digo… que se encargue él… Claro que se encargó de mal humor y reclamando duramente por mi falta de mayor masa muscular a lo que Vata respondió diciéndole que no siendo dominante que se encargue como pueda y que después de todo tan mal no nos va.

En efecto: nos cuesta más dominar las asanas de fuerza, debemos practicar mucho más que otros biotipos para lograrlo pero finalmente se consigue. Después de todo ¿alguien nos apura?

Y así fue avanzando la práctica: con ese juego-ejercicio consciente de ceder la asana al dosha más apto y al mismo tiempo compensar, ¿y saben qué? funciona. Ese «poquito más» que siempre nos piden está allí, en ser consciente desde dónde estamos ejecutando la postura. Por lo menos hoy, a mí, me funcionó. ¿Lo volveré a hacer? Tal vez. Falta tanto por caminar en el yoga y tantas cosas que tengo que aprender y que quiero investigar..

Se estarán preguntando dos cosas (suponiendo que hayan llegado hasta este punto de la lectura y no estén ahora dando «me gusta» a fotos de gatitos)

1.- ¿Y Kapha? ¿Llegó?

Claro, para savasana. Lo suyo es tranquilo, lento y pesado. No lo esperaba antes.

2.- ¿Danaerys?

Danaerys Targarien, madre de dragones, rompedora de cadenas, la que no se quema, la hija de la tormenta.

Nada, que al final de la práctica pusieron de fondo una versión del intro de “Game of thrones” y eso me hizo recordarla porque soy fan perdido de amor por ella, genial personaje de la serie. Y ya, ¿no? tampoco se necesita más motivo para un título… ¿Qué? ¿Necesitas más? Ok, tú lo pediste…





Por cierto, Danaerys es Pitta: Agua (Hielo) + Fuego 😉

Así que, con tu permiso, esta noche a modo de descanso dominical, haré una mini maratón de episodios antiguos. Además no puede ser toooooooodo yoga, ¿no?

😉

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Yo no hago yoga por…

Por qué crees que el yoga no es para ti y por qué sí lo es.

Ya les conté en mi primer post que yo llegué al yoga de casualidad y me quedé a vivir allí, pero no siempre ocurre. Algunos entran de a pocos, con esfuerzo, como haciendo una transición desde otras prácticas (o ninguna) hacia el yoga, y hay otros que nunca entran. Y generalmente por las razones equivocadas, por desinformación.

Muchas veces conversando con la gente aparece el tema del yoga y suelo escuchar esta frase: «yo no hago yoga por…» seguida de un montón de diferentes supuestos motivos. Yo sonrío (me sale mal pero trato), respiro (eso me sale mejor) y les explico con más o menos éxito por qué SÍ deberían hacer yoga.

Acá les pongo algunos de los motivos que me dicen. No todos porque son muchos y dan para un segundo post -si este me sale bueno-.

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«Yo no hago yoga porque solo se sientan en el suelo con los ojos cerrados y a mí me gusta la acción»

¿Dónde viste yoga? ¿En un programa cómico de los ochenta? ¿En una publicidad de detergente donde el eslogan era «deja la ropa más limpia que la mente de un yogui»? (te lo regalo, publicista 😉)

Sentarse con los ojos cerrados es solo una parte de una sesión de yoga, puede iniciar y cerrar tu práctica pero no es solo eso, o tal vez estés confundiendo yoga con meditación y sobre eso hablaré en otro post.

¿Así que te gusta la acción? Pues hay muchos estilos de yoga en los que tendrás toda la acción que buscas, solo es cuestión de investigar y no quedarse con la caricatura del yogui.

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«Yo no hago yoga porque no soy muy flexible»

Esa la escucho muy seguido. Y está mal por todos lados. No hace falta ser flexible para hacer yoga. Primero porque no haces yoga porque eres flexible ni para serlo. En todo caso la flexibilidad llega con el yoga; es una consecuencia de la práctica. Es como si dijeras (y esto lo leí por ahí) «no me ducho porque no estoy suficientemente limpio».

Haz yoga. La flexibilidad llegará sola, con paciencia.

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«Yo no hago yoga porque estoy demasiado gordo/flaco»

Acá ya sonrío un poco menos tratando de explicar. El peso no tiene nada que ver con el yoga. Si eres demasiado flaco no te conviertas en luchador de sumo (y esto es…) y si eres demasiado gordo no te pares sobre un techo de calaminas, pero yoga sí puedes hacer. En el yoga habemos practicantes de todas las tallas, casero… pruébese sin compromiso…

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«Yo no hago yoga porque estoy muy viejo»

😐

¿Es en serio?

Solo voy a dejar este video (haz clic) aquí.

No necesito agregar nada 🙂

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En resumen: si crees que tienes razones para NO hacer yoga tal vez no te hayas detenido a pensar en eso lo suficiente. Conversa con amigos o conocidos que hagan yoga. Pregunta qué estilo podría ser el mejor para ti y ve a un centro de yoga a probar una clase gratis (casi todos las dan) así sabrás si ese estilo te convence.

No te quedes afuera. Tu cuerpo, mente y espíritu te lo agradecerán.

Namasté.

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Respira…

…pero relájate

Además del shock por el perro que mira hacia abajo de mi debut en el yoga (lee el primer post para saber de qué hablo) otra cosa que me confundió -y esta por más tiempo- fue el tema de la respiración durante la sesión.

Como iba a clases de yoga con diferentes instructores descubrí que cada uno tiene un método propio para indicarte cómo debes respirar durante tu práctica para mejorarla, cada uno usa una técnica diferente y si usan la misma es posible que la llamen con diferentes nombres. Y yo, claro, los primeros días, como un maestro Avatar, me hacia bolas con el aire.

Respiración consciente larga y profunda para relajar. O respiración de fuego para activar. Que si debe sonar como el mar, debes decir «so ham» mientras la haces o debes imaginar que empañas un espejo. Respiración victoriosa, que también se llama ujjayi, pero se pronuncia diferente. De hecho sobre esta última recuerdo el post de una compañera yoguini que contaba que en su primera clase le hablaron de algo que le sonó a «respiración Miyagui», y estoy seguro a otros les sonó a lo mismo. Y espera… no te estoy hablando de los pranayamas que son esas técnicas de respiración para controlar la energía. Más bolas de aire. Yo terminaba tan cansado de respirar como de hacer cuervos. Bueno… nunca tanto… los cuervos cansan un poquito más.

¿Sabes qué? Relájate y respira. Al final aprendí, preguntándole a mis maestros -la manera más rápida de aprender- que con un par de técnicas muy sencillas pero bien aplicadas podía hacer toda mi práctica con mejores resultados: mantener la respiración profunda y constante durante todo el tiempo y ser consciente permanentemente de estar respirando. Y después fui sumando más técnicas. Y después pranayamas. Y después me convertí en un maestro del aire.

Ya ok, eso no, pero déjame soñar…

Namasté.

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Parado en la esquina haciendo yoga

Llega un momento en tu práctica, cuando estás muy conectado o muy eufórico con el yoga, en el que comienzas a ver yoga en cualquier cosa y a hacer yoga en cualquier parte. Y no estoy diciendo que te vuelves un gurú ni un espíritu avanzado. Casi que todo lo contrario.

Cada vez que camino de regreso del supermercado con las bolsas luego de hacer las compras (sí, voy a pie porque me gusta caminar, pero ese es otro tema) me acuerdo de lo que siempre dicen mis maestros y profesores y lo junto todo:

«Abre tu pecho, baja los hombros y aléjalos de las orejas; proyecta tu pelvis, pega el ombligo a la columna, usa el mula bandha; activa los cuádriceps, aférrate al piso, separa los dedos, encuentra tu drishti, busca el equilibrio, respira, sonríe…»

Lo más seguro es que al transeúnte que me ve en ese trance yo le parezca el Nosferatu de Murnau (es un transeúnte hipster barranquino, obvio) pero lo que importa es que para mí es una oportunidad de aplicar el yoga a una actividad cotidiana y cuando llego a casa siento como que hubiera tenido una minisesión.

Y es normal. No le ocurre a todos pero les puede ocurrir. Es como le escuché decir hace poco a Gaby Zermeño, maestra mexicana de Anusara Yoga, mientras explicaba una postura de pie: «cuando descubres la manera correcta de colocar tu cuerpo estarás haciendo la postura todo el día, estarás haciendo yoga mientras estés despierto».

Así que ya sabes: si un día te descubres a ti mismo haciendo el árbol mientras el semáforo está en rojo significa que estás en el camino del yoga.

¡Uy, no! ¡Me olvidé de comprar las manzanas! «Abre tu pecho, baja los hombros y aléjalos de las orejas; proyecta tu pelvis… 😰

Namasté

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Isquiotibiales al borde de un ataque de nervios

-Yo: Hola, buenas noches. Mi nombre es Sandro y tengo los isquiotibiales cortos.

-Todos: ¡Hola Sandro! ¡Bienvenido!

No. La verdad no fue así. No existe un grupo de ayuda llamado Isquiotibiales Anónimos que recibe a los nuevos yoguis cuando se enteran de que tienen los isquiotibiales cortos y que un montón de posturas del yoga les van a costar más que al resto de los humanos. La verdad es que llegas al yoga, tratas algunas asanas que te parecen imposibles y tu profesor o algún otro yogui que ya pasó por ese camino te da la noticia.

En mi caso, un día un maestro que ahora mientras escribo esto debe estar en algún lugar entre Aruba y la India, comenzó una secuencia interminable de prasarita padottanasana y de pronto mis isquiotibiales entraron en pánico por estrés y saltaron por la ventana con rumbo desconocido. Cuando terminó la clase bajé las escaleras (no me pregunten cómo baje las escaleras sin isquiotibiales: soy Vata y tengo mala memoria) y después de buscarlos un buen rato los encontré; estaban comiendo un wrap vegano en la bioferia de Barranco. Luego de una larga conversación nos pusimos de acuerdo y quedamos en que yo tendría paciencia con ellos, les daría tiempo para que se estiren y haría recovery una vez por semana, y por su parte ellos buscarían la manera de permitirme hacer las asanas difíciles con alguna modificación para ir alcanzando la postura correcta y prometían quedarse en clase conmigo siempre hasta el final. Así todos contentos.

Esa es la manera de lidiar con los isquiotibiales cortos: mucha paciencia, mucho trabajo de estiramiento y encontrar junto a tu maestro el método para lograr las posturas que te resultan difíciles haciendo variaciones en el camino. Y disfrutar el proceso, que es la esencia del yoga.

Debo confesar algo. La parte de los isquiotibiales comiendo en la bioferia de Barranco no es real. No estaban comiendo un wrap vegano. Era un snicker de chocolate orgánico. Pero no me culpen, después de todo estas son las historias de un yogui imaginario.

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Namasté.

Duerme mi niño, en shavasana…

Estoy aquí por el shavasana…

En la anterior entrada del blog mencioné al pasar el shavasana, o lo que en esa primera clase creí por un momento que era mi velorio. Hoy hablaremos un poco más sobre esta postura. No te voy a decir lo que significa, eso lo puedes encontrar cuando googleas, ni que se trata de la postura más importante, eso te lo dicen en casi todas las clases. Lo que te voy a dar es la respuesta a la pregunta fundamental que te planteas cuando comienzas en el yoga: ¿me puedo quedar dormido en shavasana sin ser considerado un paria, un desclasado, un ser sin sensibilidad yóguica?

Vamos por partes. Durante una hora aproximadamente, tú que comenzaste hace poco en la práctica, te has estado esforzando por mantener el ego a flote en posturas que no te salen (ojo con el ego…), estás al borde del colapso físico, sudaste como en un sauna -en verano es peor-, tienes sed, estás cansado y solo quieres un nicho libre en algún cementerio cercano para dejar allí lo que queda de ti. Y eso sin contar que a lo mejor viniste al yoga después de todo un día en el trabajo o la universidad. En eso te dicen «extiende tus piernas, manos a los costados con las palmas hacia arriba, cierra los ojos, relájate… shavasana.»

Entonces comienzas a relajarte, dejas salir lo último que queda de tensión en tu cuerpo, no piensas en nada y comienzas a sentir que tu conciencia se hace más tenue, ves imágenes que aparecen en tu mente y en eso dices: «¡UN MOMENTO! ¡ME ESTOY QUEDANDO DORMIDO! ¡Y CUANDO YO DUERMO RONCO! No hay forma… no me puedo dormir… encima que no me sale bien el Guerrero I no voy a roncar en clase…» Así que te pasas los diez minutos de shavasana tratando de relajarte pero no tanto que te quedes dormido, tratando de no pensar en nada pero pensando en seguir alerta, tratando de disfrutar de la postura final pero evitando que aparezca encima de tu cabeza una nube de comic con un montón de zetas dibujadas. En resumen no disfrutaste realmente de tu shavasana.

Te tengo una noticia: tu práctica es tuya, de nadie más, y lo que hagas en tu práctica es parte de tu experiencia, no de la experiencia de los otros. Entonces la respuesta a la pregunta que te quita el sueño (jeje… chiste fácil…) es: LO QUE ES, ESTÁ BIEN. Si te relajaste sin quedarte dormido genial. Si te quedaste dormido pues te quedaste dormido. «¿Y si ronco?» dirás. Pues salvo que suenes como un tanque de la segunda guerra mundial en el medio de un huayco mientras hay un terremoto (en cuyo caso shavasana es el menor de tus problemas) no deberías preocuparte. Tu maestro tiene la suficiente experiencia y sensibilidad para entender que si te quedas dormido en shavasana no es una falta de respeto y tus compañeros yoguis han transitado el mismo camino que tú estás recorriendo ahora. ¿Y si alguien se siente afectado? Si alguien se siente afectado, mi querido yogui, es por su ego; pero de eso hablaremos otro día.

Así que ya sabes: déjate fluir y disfruta de toda tu práctica, incluso del shavasana.

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Dulces sueños… digo… Namasté.

Qué feo mi yoga…

Comencé en el yoga hace algunos años más o menos como muchos comienzan: de casualidad. Yo practicaba karate desde hacía tiempo (practico… bueno, practicaba… es complicado…), y una amiga me dijo «tú que haces karate, ¿por qué no pruebas yoga?». Entonces pensé: «Claro, ¿por qué no? Estoy entrenado, ¿qué tan difícil puede ser?». Ojo, yo no era un experto en el tema pero sabía que el yoga no es sentarse en loto y hacer Om todo el día, y sí, estaba seguro que me sería fácil.

Llegó el día de mi primera clase: una profesora norteamericana que vivía en el Perú, una casa/estudio en Barranco, más o menos bastante gente entre chicos y chicas; todo bien, así que extendí mi mat y me senté en seisa, como karateca. (ahora ya hablo sánscrito y le digo virasana 😉)

Comenzó la clase: meditación, ojos cerrados, intención, presencia y conciencia… «Hasta acá vamos bien», pensé. Calentamiento, rotación de muñecas, vaca-gato… «Está fácil, me gusta…». Y de pronto escuché la frase: «enganchen dedos de pies, levanten la cadera arriba y atrás, PERRO QUE MIRA HACIA ABAJO…». Y allí cambió todo. ¿Qué era esa postura demoníaca en la que me pedían que estirara la espalda mientras hacía «sí» y «no» con la cabeza y además querían que mis talones llegaran al piso? ¿Estaba chequeado que no se trataba de un método de tortura medieval? ¿La Asamblea de las Naciones Unidas sabe de esto? Pasaron horas en esa posición -o minutos, no sé, mi percepción del tiempo se alteró- y yo comencé a pensar si mi seguro de vida cubría muerte por yoga o cuánto me cobraría DHL para dejarme en la puerta de mi casa en calidad de paquete. Después vinieron otras posturas, unas más fáciles, otras más difíciles, no les voy a contar cómo es una sesión de yoga.

Al final, en lo que yo supuse que era mi velorio y resultó que se llamaba shavasana, lo primero que pensé fue «Qué feo mi yoga…». Y lo segundo que pensé fue «¡Pero de acá no me saca nadie!». Y es que algo que el karate me había enseñado era disciplina, humildad y agradecimiento, cosas que después -mira tú- aprendí que también se practican en el yoga.

¿Ahora mi yoga es perfecto? Ni de lejos, ya les contaré mis tribulaciones en otros posts, pero disfruto del camino y del aprendizaje y ahora tengo la suerte de acompañar a otros yoguis en su propio camino y trato de motivarlos al ver que a todos nos pasan cosas más o menos parecidas.

Así que si estás comenzando en el yoga y piensas que no la haces, piénsalo de nuevo: todos la hacemos; es cuestión de perseverar.

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Namasté.